martes, 31 de agosto de 2010

NOVELA INÉDITA FAIQUEÑA

MALDICIÓN DE CURA
Por: Oscar Arrieta Ramírez
¿Misa de maldición? No creo que se pueda dar, concibo que, por el contrario, la misa es el Sacrificio de Cristo para perdonar a los pecadores; ¿Maldición Judía?. Tampoco; es imposible que Nuestro Padre Creador acepte y cumpla la maldición de un curita misionero, que en arranque de cólera y desesperación, haya condenado a la extinción a toda una familia. Sin embargo, sin apartarme de la verdad, lo sucedido en San Miguel de El Faique, nos da mucho que pensar, hasta el punto de llegar a creer que en verdad las fuerzas negativas de la brujería, tienen tanto poder endemoniado, capaz muchas veces, de hacer lo que la Ley Divina no puede.

En la década de 1940, iniciaba su formación en las estribaciones andinas de la cordillera piurana, un bello pueblito al que pusieron por nombre, San Miguel de El Faique; un paraje lleno de cafetos, árboles frutales, cañaverales, abundante pasto para ganado y aguas cristalinas, en donde acostumbraban acampar, los arrieros que traficaban entre Piura y Huancabamba, aprovechando la sombra que les prodigaba un enorme faique (árbol parecido al algarrobo).

Entre las familias que se instalaron inicialmente en esta comarca, destacaba el hogar constituido por don Avelino Ocaña y doña Clarisa Ramírez. Él un hombre adinerado, inteligente, amable, de hablar fluido y pronunciación castiza, Ella hija de españoles nacida en Quito, muy locuaz, noble y caritativa, reconocida por su laboriosidad; consagrada a la crianza de sus hijos, y, además, responsable de la alimentación de la peonada que trabajaba sus fincas, un excelente complemento para un hombre importante.

 Emprendedores como pocos, llegaron a ser dueños de extensas áreas de cultivo que se iniciaban en Huaylas (Sondorillo), hasta Pampa Quemada (Lindero de Huarmaca con El Faique), y por el oeste con la Comunidad de Andanjo (entre Canchaque y San Juan de Bigote).

Vivían al costado del camino de herradura que pasaba de Piura a Huancabamba, entre Villaflor y Huando, llamado ahora Jr. Manuel Seoane, en un enorme caserón que ocupaba toda una cuadra, sus paredes eran sumamente altas, de adobe y barro, enlucidas con yeso, el techo a dos aguas de hojas de caña  de  azúcar. En el extremo este funcionaba la surtida tienda con instalaciones propias para hilandería, lavandería,  panadería, y fábrica de: quesos, natillas, jaleas, y chancaca que preparaban en enormes pailas, tan grandes como los que usaban para freír chifles o chicharrones que con cancha acostumbraban guardar en latas para el consumo diario.

Se dice que una res o un chancho sólo les duraban para una semana porque la peonada era numerosa. Su patio ceremonial estaba circundado por la acequia Real que proveía de agua al pueblo y regaba la huerta donde sembraban artículos de pan llevar, frutas de toda laya, y verduras, que no faltaban todo el año, 

Esta casa era la más concurrida del valle, el centro de atenciones para las autoridades de la provincia que solían vacacionar en este “Paraíso”.

Habían procreado cuatro mujeres y tres varones, el último de ellos llamado Neptalí, un genuino representante de su estirpe española, quien fue asesinado en la flor de su mocedad (25 años), víctima de la insensata actitud de una mujer celosa, inhumana y salvaje que en lugar de reconocer el haberla desposado sin merecerlo, inclusive en contra de sus paradigmas, anhelos y gustos; a sangre fría, planeó y ejecutó el crimen más macabro que se recuerda en la historia faiqueña.

Aunque gente interesada comentaba que quizá está cumpliéndose la “maldición del cura”; un Misionero que llegó por aquellos tiempos y fue maltratado por Mario, mayor de los hijos de Avelino a quien como respuesta, enfurecido, le hizo una maldición judía levantando la mano izquierda y diciéndole “Te maldigo, a ti y a toda tu familia y voy a hacer una misa de maldición para pedir al Padre Eterno que los desaparezca de la tierra”.

Parece mentira pero el transcurrir de los años nos está demostrando que ésta maldición se está cumpliendo como los versos de Nostradamus; teniendo como artífice las macabras manos de Esther. Si no, veamos el destino del prototipo de la familia Ocaña con quien se inicia la decadencia familiar.

Neptalí desde su infancia demostró haber heredado lo más sublime e imperecedero de la familia, que eran la filantropía, la dignidad, la fraternidad tan demostrada en El Faique, donde se había convertido en su adalid y guía; así como también era la esperanza de la continuidad genética de la familia Ocaña. 

A temprana edad acostumbraba acompañar a su padre en todas las faenas campestres, distinguiéndose por compartir con sus amiguitos y peones sus juguetes, golosinas y travesuras, algunas veces contraviniendo a su padre, quien pedía rendimiento a sus trabajadores; de igual manera se condolía cuando un balazo detenía el raudo andar de los venados o interrumpía el destello de los patos salvajes que adornaban con sus colores los cielos del pueblo

De joven, empezó a recibir clases particulares de su padrino Pedro Andrés, quien lo preparó en ciencias y letras para  ingresar al  tercer  año de primaria en un colegio de Chiclayo. Durante sus vacaciones le gustaba cuidar las bestias y el ganado de la familia, especializándose en laceo a pie y a mulo con animales en carrera. También le gustaba domar potros salvajes, amén de sus prácticas de tiro al blanco donde logró perfeccionar  su puntería capaz de acertar con su Colt, a un sol de nueve décimos tirada al aire.

Estas aptitudes y habilidades aprendidas corriendo riesgos en su niñez, le favorecieron en su adolescencia cuando viajando a estudiar secundaria en la capital de la República, encalló el barco que lo transportaba, quedándose varados por 03 días. Él en actitud valiente contraviniendo la voluntad del grupo, (quienes se oponían por temor al fuerte oleaje y desconocimiento de su ubicación), salió a la playa y caminó día y noche para llegar a Chimbote en busca de auxilio. Salvando de una inminente muerte a sus compañeros de viaje que habían quedado abandonados.

De su paso por las aulas tienen gratos recuerdos sus profesores y compañeros, por su sagacidad y pulcritud; diestro en los deportes, poseía el primer puesto en conocimientos generales desde el tercer al quinto año de estudios, razón que le mereció ocupar siempre el cargo de brigadier general, y sobre todo porque cada semana compartía con ellos las deliciosas encomiendas que recibía de sus padres, especialmente los chifles y tostado de maíz serrano con cecina de venados, quesos, quesillos, cuajadas y dulces huancabambinos como: arepas, natillas, mazapanes, tortillas de viento y chunos que con exquisito sabor elaboraba su abnegada madre Clarisa quien disfrutaba la alegría de su preparación, sabiendo que su hijo el benjamín de la familia se sentiría feliz al recibir estas delicias.

Neptalí agradecía estas encomiendas con tiernas cartitas expresando con dulces palabras su inmenso amor filial. Algunas veces les hacía llegar fotos donde posaba acompañado de elegantes amigos y bellas damitas de la sociedad limeña. También les enviaba algunas tarjetas que a manera de broma les remitían sus amiguitas tratándolos de suegritos y resaltando la satisfacción de ser amigos y amigas del hijo extrañado, considerándolo un caballero a carta cabal, haciéndole llegar a la vez las felicitaciones por los méritos que Neptalí lograba en sus estudios.

Sobre el sabor de la encomienda también le expresaban elogios, sin embargo, Clarisa prefería rehusar el tema porque con mucha modestia sostenía que no es su especialidad la cocina; que ella había nacido para dedicarse a criar a sus hijos.
En El Faique, Neptalí era muy querido por sus cualidades humanitarias, filantrópicas y sobretodo culto, muy codiciado por las mujeres de la región, paradigma para los jóvenes de su generación, estudiante del afamado Colegio Guadalupe de Lima; de cuerpo espigado, tez blanca, simpático y galante, pareja de las más bellas damas que solían visitar este “Edén de Amor”, como le insinuaban en los postales que dejaban grabados en las paredes de su “oficina”, designación que él dio a su casa hacienda que había establecido en WVillaflor.

Propietario del primer camión que llegó a El Faique y Huancabamba, acostumbraba vestirse correctamente, relucía desde los zapatos, las botas y polainas, hasta los elegantes ternos y sombreros, todo impecable y siempre en extraordinario conjunto con las briosas bestias que debía montar, además de las armas que le acompañaban permanentemente.

De todas las hermosas jóvenes que conoció Neptalí en su extenso caminar, existió alguien quien siendo su prima hermana, llamó enormemente su atención de varón seductor. Un rostro angelical donde conjugaba una bien estructurada boca adornada con alegre y una contagiante sonrisa permanente, su pelo rubio y ondulado enmarcaba su hermoso par de relucientes ojos celestes un verdadero portal para el alma pura y cristalina de una niña que se preparaba a cumplir sus quince primorosos años. Una mujer de exquisita vestimenta y de finos modales, llamada Irma Marina, quien al conocer a Neptalí también quedó prendada de las muestras de galantería que le profesaba su primo.

La conoció durante unas vacaciones en un baile de carnaval que celebraban en la plaza de armas de Canchaque. El exhibía un estilo de baile moderno acompasando bien las polcas,  boleros, valses y pasodobles que entonaba la orquesta de los Hermanos Quiroz de Huancabamba. Después de bailar con las anfitrionas, con el permiso de los respetables padres de Irma Marina, la invitó a bailar el vals de moda, una canción de Irma y Oswaldo que hablaba de amor y él la entonaba mirándole tiernamente a los ojos como dedicándole el mensaje de estos románticos versos.

Ella, obnubilada, sentía que estaba bailando en una corte celestial; en el primer momento le pareció que caía en un gran vacío y que caminaba sobre un piso  hecho de nubes, como el mar de invierno que se forma en la parte baja del pueblo; su espíritu se había sublimado en su máxima expresión  por la emoción de tener en sus manos al serafín  que Dios  había hasta las solteronas y casadas. No se daba cuenta que toda la gente había puesto sus ojos en la hermosa pareja que formaban estos dos pimpollos de refinados modales. La música terminó, pero ella siguió prendada hablándole semi abrazada, hasta que unos estruendosos aplausos la despertaron de su sueño y una emocionada sonrisa exhibió sus lindos dientes, blancos bien distribuidos, adornados de coloridos labios finos que hacían juego con su perfilado rostro.

Era tan niña que su primer baile social la estaba llevando al cielo y hubiera querido que la canción nunca termine y bailar ... y bailar hasta quedarse muerta en estos musculosos brazos, también era la primera vez que sus padres le permitían bailar en público, siempre ensayó sus mejores pasos para la celebración de su fiesta de quince años que iba a celebrar en el mes de marzo, pero esta vez se le adelantaba la emoción y los padres no podían negar el permiso a tan amable invitación hecha al estilo cortesano del joven representante de las familias faiqueñas.

Aquí nació un romance que fue la envidia del pueblo, las noticias del enamoramiento corrió como alma en pena y se convirtió en el tema de conversación en todas las reuniones, inclusive en la misa el señor cura hizo elogiosos comentarios del idilio de Neptalí e Irma Marina; las faiqueñas, canchaqueñas, huancabambinas, y algunas piuranas que lo conocieron, sufrían decepcionadas al escuchar tantas escenas románticas que contaban haber visto en esta parejita, muchas de ellas parecían extraídas de los archivos de Shakespeare, pero vistas en vivo y en directo de dos pichones que se amaban profundamente y que daban rienda suelta a sus sublimes sentimientos en los parques y campos, y en las reuniones sociales que a veces se daban teniendo como participantes principales a la pareja Ocaña Peña.

Sobre todo después del pedimento de mano y cambio de aros que se realizó el cinco de marzo, junto con la celebración del quinceañero de la doncella, donde no podían faltar abundantes bebidas, platos típicos, potajes de la zona como copús, y pachamanca y variados postres, danzando incansablemente bajo el acompañamiento extraordinario de los fabulosos Mariachis llevados desde Chiclayo quienes interpretaban rancheras, boleros y valses criollos. Destacando los acordes del guitarrón, la música mejicana y los románticos versos que con sensibilidad impecable interpretaba el  novio.

Fueron tres días de celebraciones iniciadas el viernes por la noche, sin embargo, se completó la semana con nochecitas de tertulia, tejos y casino,  donde  a  los  asistentes  se  les   distribuía deliciosos calentaditos y
bocaditos que preparaba Matilde, su hermana mayor, también bella como el novio, por quien no faltaban los pretendientes, experta en la elaboración de empanadas, tamales con bastante relleno de chancho y el delicioso rompope.
La gente esperaba que este amor tan excelso se consumara pronto ante el altar de Dios, rogando siempre se realice lo más cerca posible para poder concurrir; la ilusión era grande, se trataba de los herederos de dos estirpes serranas de abolengo español, de las riquezas de dos terratenientes de El Faique y Canchaque, era la unificación de dos pequeños imperios.

Los rumores decían que sería Huancabamba la sede nupcial por contar con las comodidades para este majestuoso evento. La familia Peña cuyas relaciones sociales habían incursionado en la política, rebasando las fronteras provinciales, ofrecieron invitar a las autoridades piuranas con la condición de que sea en Canchaque la boda; por su parte, los padres del novio esperaban la decisión de la pareja porque la familia Seminario de Piura dueños de la hacienda San Antonio, ofrecía el salón de recepciones de la Iglesia San Sebastián con tal de contar con el ahijado a quien bautizaron en la misma iglesia.

La gente sabía que al lugar que sea escogido no era problema concurrir porque ambas familias contaban con movilidad y gran cantidad de bestias para trasladar a los invitados, inclusive si se tratase de Piura cuyo viaje en acémila duraba seis días, sin importarles la latente amenaza de los asaltos de Froilán Alama (Bandolero morropano) cerca de La Matanza que era un pase obligatorio en el trayecto.

El ganado estaba encebando para la fiesta, los trajes estaban preparados, los dotes se acrecentaban, cada día se contaban maravillas sobre las joyas de la pareja. Aun sin haberse establecido la fecha de la boda, ya habían empezado a llegar los regalos de amigos y familiares de todas partes, despertando elogios en la gente buena, pero, también generaba envidia en la gente de instintos malos, sin embargo, para las damitas, más importante y novelesco era conocer el avance de la relación del hombre que ellas ambicionaban con la hermosa jovencita que se les había cruzado en su camino.

Cuando el romance iba viento en popa sucedió algo inexplicable: Neptalí, repentinamente perdió el interés por la hermosa joven y se había alejado sin despedirse ni haberle dado explicación alguna, si bien se creía que con la llegada del periodo escolar él habría viajado nuevamente a Lima, se dudaba que se haya fugado ya que el pueblo era testigo de su vida y  todos sabían que había concluido con sus estudios secundarios lo suficientemente necesario para ocupar cualquier cargo público y además porque en aquellos tiempos no necesitaba mayor preparación para administrar sus riquezas y sobrevivir cómodamente.

Ingrata fue la sorpresa, cuando se enteraron que Neptalí estaba viviendo en Villaflor, que había dejado el amor de su angelical Irma Marina,  para depositar sus intereses libidinales, en una mujer desconocida, aparentemente, sería una campesina que únicamente podía desempeñarse como la cocinera o la muchacha de servicio. Era extremadamente raro  lo que estaba sucediendo, todos se preguntaban ¿qué pasó con Neptalí?, Pero nadie encontraba una respuesta justificatoria.  A todos se les cruzaba por la mente un maleficio o una hechicería.

En Canchaque, la hermosa prima hermana, triste y acongojada lloraba inconsolable porque no tenía ninguna comunicación de su ser amado, y por más que su corazón le pedía salir a buscarlo, su orgullo de niña inocente, fue tan grande que no le permitió ver que el amor se defiende hasta con las garras, y en el silencio de su alcoba se preguntaba ¿qué era lo que había hecho mal? O ¿qué fue lo que no le gustó a Neptalí?, pero no podía llegar a ninguna conclusión porque la entrega de su amor fue puro y sacrosanto pues lo amaba con ternura y su entrega fue infinita con todas las fuerzas de su corazón.

Nadie podía sospechar que una mujer facinerosa  había recurrido a los artificios de la hechicería  para lograr que Neptalí fijara sus ojos en ella.

Esther Machado, una rústica indígena descendiente de un indio ponguillo o sirviente de la ex hacienda San Antonio, de marcados rasgos aborígenes, pómulos sobresalientes, piel cobriza, diminuta y sin presencia de mujer, con poco más de un metro de estatura, ya entradita en años, veía con emoción que cada día frente a su casa pasaba un hombre blanco cabalgando hermosas bestias, seguido siempre de servidumbre y un par de perros de presa, siempre alegre y juvenil pero esquivo a sus miradas, nunca  había logrado impresionarlo por más reluciente que se vestía ni a pesar de los múltiples arreglos y adornos que ponía a su escuálido cuerpo.

Una tarde, Esther conversando con Sixto, su hermano mayor, comentaban la actitud desdeñosa como este señor que llamaban Neptalí disfrutaba los placeres de la vida, siempre acompañado de preciosas damitas e importantes amigos, que sus bienes y ganadería aumentaban de dar gusto, que las cosechas eran abundantes; naciendo en ellos una natural envidia y acuerdo de destruirlo.

Para ello, recurrieron a los servicios de un afamado brujo mas conocido como Jasjas Guerrero  que vivía en la falda del cerro Huayanay, viejo curandero y experto en hechicerías, heredero e intérprete de los gentiles y sus espíritus, con quien tuvieron que hacer las siete estaciones del calvario de Cristo en mesadas y menjunjes porque el tal Neptalí tenía el carácter muy fuerte, hasta el punto de enfriarles la mesa y no les consentía compactarse con él, por más que le invocaban los espíritus.

Para lograr su objetivo, con la complicidad de Hélice, la empleada mala de la familia Ocaña, le robaron una camisa blanca. Con ella hicieron un muñeco al cual mediante una mesa negra, le vendaron los ojos, le ataron pies y manos, y le clavaron un alfiler en el cerebro.

El efecto fue inmediato, pues, gracias a ello, pudieron concretar su ceremonia. Mientras Sixto dominado por la envidia pedía la muerte para Neptalí, Esther muy secretamente pero con ahínco imploraba al cerro Huayanay (el cupido de los faiqueños), y a las aguas puras de la quebrada San Antonio, que lo lleven a sus brazos, que siquiera la mire al cruzarse en su camino.

Los días pasaron y efectivamente Neptalí por primera vez saludó a la interesada, quien por “casualidad”, se encontraba recogiendo agua en un chorrito hecho de hoja de guayaquil, al lado del camino, en el manantial que abastecía al pueblo de Villaflor. Desde entonces, siempre en “forma casual”, cada día mejor arreglada, ella lo esperaba en el chorrito, ya sea recogiendo agua, lavando o bañándose, logrando establecer amistad y hacerle conversación cada vez que Neptalí subía o bajaba entre su casa y la Oficina, familiarizándose al punto que ella se atrevió a regalarle un hermoso pañuelo blanco, bordado por sus propias manos, según alcanzó a decirle.

Neptalí lo recibió, desoyendo a su fiel Pablo Quefío quién le suplicaba  que no le reciba nada, que no lo guarde porque ella era una vieja bruja y que de seguro algo le va a suceder. Él incrédulo  y cortés, se lo puso en el bolsillo de la camisa, descubriendo de inmediato el olor del tabú y los ashangos que había impregnado de forma premeditada.

Pocos días después de este primer encuentro sucedió algo impredecible parecía que la luz del encantamiento se había apagado, que la noche de ensueño había terminado, el cielo se había encapotado y que la felicidad y alegría que vivieron el pueblo había sido efímero, al saber que Neptalí, sí, el hijo de Avelino, había desposado a Esther, contra la voluntad de su familia, y la había llevado a vivir a su casa de Villaflor.

La noticia corrió como reguero de pólvora levantando críticas y lamentaciones, nadie podía creer en la unión del ser más pulcro y querido de la región, con la mujer a quien despreciaban como bruja por sus cualidades maléficas que le caracterizaban, nadie podía dudar que se trataba de un acto de hechicería, pues era inconcebible pensar que nazca  amor en esa  pareja; murmuraban que el amor que se logra con brujería, muy poco duraría; sin embargo, Neptalí fiel a su palabra empeñada siguió cumpliendo su papel de esposo, procreando un robusto bebé, a quien brindaba las comodidades que como heredero de su estirpe merecía. Decir que alguna vez fue feliz con su pareja, sería muy cruel sabiendo que la vida que llevaban no era como para contarla.

En Villaflor tenía su oficina, en la lomita al lado izquierdo del camino que conducía de El Faique a la casa hacienda de los Seminario; aquí  funcionaba la fábrica de aguardiente, era una casa enorme con paredes altas de adobe, al estilo antiguo, especialmente en la zona del alambique, para evitar que las chispas del bagazo que usaban como combustión en los hornos del guarapo, lleguen al techo; tenía víveres en abundancia y sobre todo las deliciosas carnes de venados, sajinos, chanchos y vacunos  que no faltaban como cecina para los dueños y su peonada: Una mesa grande con sillas estilo Luis XVI adornaban su sala, que era el centro de esparcimiento para las familias más notables de toda la provincia,

La recámara estaba adornada por muebles de fino tallado y detrás de un cuadro con la foto familiar escondía su enorme caja fuerte, tan pesada que ocho peones no podían levantarla por el metal de que estaba confeccionada y las libras esterlinas de oro, joyas y monedas de plata que sabía guardar su dueño. Lo único que escasearon después fueron las amistades, tal vez en demostración de su disconformidad, porque la reina del hogar no era mas que un guandure (Ser endemoniado que se utiliza como espantapájaros), que servía para ahuyentar a sus amistades.

Siendo propietario de extensas tierras en Juzgara, Canchaque, El Faique, Guabal  y Pampa Quemada, escogió este último lugar como refugio a la pena y lastima que se inspiraba así mismo, al verse abandonado de su familia y amistades, por el error cometido, actitud de la cual estaba arrepentido, y sin encontrar explicación alguna, dedicándose a la ganadería y a la siembra de arroz, teniendo como única distracción la caza de venados que realizaba con algunos amigos que hasta aquí llegaban desde  diversos puntos del país para aconsejarlo y sacarlo a parrandear como en antaño. Inclusive llegaron a llevarlo en repetidas oportunidades a Canchaque para que se encuentre con su primer  e imperecedero amor quien estaba muriéndose de pena.

El milagro se produjo y los pedidos de reconciliación atizado por propios y extraños rompieron el cristal que cegó y convirtió en estropajo a Neptalí y este volvió a recuperar el amor de Irma Marina quién ya estaba realizando las consultas con el padre Pedro párroco de Canchaque para que la internen en el convento de las hermanas franciscanas.

Los amoríos y visitas mutuas entre Canchaque y Pampa Quemada se hicieron tan frecuentes que dio lugar a la procreación de un hermoso heredero al cual bautizaron con los nombres del padre y del abuelo (Neptalí Avelino).

Como bien se dice que “en pueblo chico se podrá aguantar el hambre pero el chisme es difícil aguantarlo”, no demoró  mucho tiempo en enterarse la malvada Esther de que Neptalí había regresado con su primer e inolvidable amor y que esperaban un hijo como fruto del inmenso amor que un día perdió llevado por la fuerza de la hechicería.

Esta noticia enfureció a la malvada Esther pues coincidía con el cambio repentino del comportamiento de Neptalí quien, después de escuchar misa esa mañana y haber confesado al párroco las sospechas del embrujamiento, antes de partir a Guabal y luego a Pampa Quemada, sin inmutarse, pausado y sereno le había pedido la separación definitiva, ofreciéndole la mitad de sus pertenencias para su hijo Pedrito, porque quería hacer un viaje al extranjero, que prefería largarse muy lejos donde nadie lo conociera, antes que continuar soportándole sus malas costumbres, y malgenios (mal carácter), lo que motivó en Esther: que el indio se le suba a la cabeza, y planeara su macabro desenlace.

Esther recordando sus antiguas amistades recurrió una vez más al brujo Jasjas Guerrero (quien le hizo el trabajito de alucinarlo para que se comprometa con ella), lo mandó a llamar con la fiel sirvienta Aurora y se encerraron en el dormitorio del patrón, aquí a puertas cerradas ofreciéndole recompensas mejores a las que le dio en la oportunidad anterior y duplicar las que semanalmente le daba, le brindó hasta su cuerpo para convencerlo a darle fin al hombre que la había ofendido, no reconocía que el amor que se logra con brujería dura poco o se mueren los contrayentes, ahora le estorbaba y debía darle muerte, para quedarse con sus riquezas.

Este maléfico elemento no creía lo que le estaban pidiendo, no era su especialidad, el solamente sabía unir y hacer bien a la gente, pero lo que le pedían era algo muy difícil, sin embargo, no pudo resistirse a las insinuaciones porque era su fuente de supervivencia y sobretodo porque ella con mayores dotes maléficas le explicó la forma como debían hacerlo.

Después de estar encerrados por varias horas en la recámara, salieron a casa de los padres de Esther que quedaba cerca de la oficina y regresaron con un bolsico lleno de hierbas, lociones, espadas, una calavera y huesos de gentil. Fueron a la cocina y prepararon el más terrible de los brebajes con semillas de ricino (piñones) y venenos extraídos de macanche con extracto de simoras (yerbas alucinógenas) con la seguridad de que: si no muere, por lo menos quede loco por el resto de su vida, y endulzó todo con miel de chancaca para evitar que pierda sus cualidades tóxicas.

El sábado al medio día, la peonada estaba esperando la tarja y el patrón no llegaba, una fuerte lluvia le hizo retrasar su viaje y había tenido problemas con su mulo que no quería caminar, los bueyes se habían vuelto ariscos y hasta su perro lo atajaba para que no viaje. Pasadas las dos de la tarde el tropel de las bestias se sintió al asomar el patrón con dos yuntas para la molienda, venía de Pampa Quemada; desmonto de su mula y bajó los víveres que traía, Francisca la sirvienta buena que daba la vida por el patrón y primo a la vez, con desesperación, trató de prevenirle que no le reciba nada a su esposa, porque la había visto sospechosa preparando remedios con un hombre desconocido, muy apresurada le sirvió el almuerzo esperando que termine rápido y suba al pueblo, donde pensó encontrarlo para prevenirle lo que ella sospechaba, pero como el diablo puede más, antes de empezar a comer, Esther en actitud inusual, apareció con su jarra de chicha que había mezclado con la pócima para matarlo.

Neptalí sorprendido por la cortesía de su esposa, creyó que el haberle prevenido de su deseo de separarse después de dos años de convivencia, había logrado mejorar el comportamiento de su cónyuge, cogió la jarra de chicha, la sorbió con la avidez que producen cuatro horas de caminata arriando bueyes bajo el ardiente sol de octubre, al beberlo se frunció un poco debido a la acidez del  líquido y comentó que tenía un sabor rancio y que se le había puesto la piel como de gallina,

Almorzó con desgano y luego se dirigió a pagar a los peones, entró a su recámara, abrió la caja fuerte y observó que sus cosas estaban en desorden; sin embargo, no le dio mucha importancia porque tenía mucha confianza en su mujer  y nadie más que ella conocía la clave. Terminada la tarja con un poco de incomodidad, se encerró a sacar cuentas a su despacho. A los pocos minutos de haberse sentado, empezó a sentir fortísimos dolores estomacales, algo sumamente raro porque nunca padeció un malestar igual, los dolores eran agudos, y partían del estómago presionándole el corazón,  luego el malestar invadió todo su cuerpo, los pelos se le ponían de punta y el dolor se intensificaba hasta sus extremidades que parecían engarrotarse, eran tan fuertes los estragos que lo hacían revolcarse en el suelo como perro envenenado exhalando terribles gritos  de  dolor,  al  promediar  las  cinco  de  la  tarde  empezó el cólico con deposiciones sanguinolentas, pese a ello, nadie lo socorría porque Esther ya había despachado a la servidumbre a su casa para que regresen el lunes después de las velaciones, a Panchita le había advertido que vaya a su casa, pero que no avise nada a los familiares, porque ella sabía la enfermedad que tenía Neptalí y que es un aniñado por eso está gritando tanto. y Pedrito, desde el viernes, había sido llevado por Pablo Quefío a visitar a su tía Matilde quien se encargaba de cuidarlo los fines de semana.

El tiempo transcurría y Neptalí acostado sobre su cama,  sentía cada vez más los intensos retorcijones de la muerte que le adormecían todo el cuerpo y no lo dejaban mover, se retorcía de dolor,  y le imploraba ‘sálvame por favor”, “tu me haz envenenado”, dame agua, tengo sed, dime ¿qué me has dado?, ¡ya no puedo moverme¡, y empezó a exhalar aullidos y gritos de dolor pidiendo que lleven a su mamá Clarisa para despedirse, pero Esther con ese cuajo de bestia que tenía, solo husmeaba el estado de su víctima negándose a socorrerlo, evitando además que se entere la familia, por el contrario gesticulaba, si no eres para mí, no serás para nadie, en alusión a la separación propuesta, de mí nadie se burla, prefiero verte muerto que verte en brazos de otra mujer, disfrutando al verlo sufrir.

Al notar el estado de inconsciencia de Neptalí, aprovechó para completar su fechoría, pues llamó a sus hermanos y con la ayuda de los peones, aprovechando la espléndida luz de la luna llena, trabajando toda la noche, trasladaron a casa de los padres de Esther, todas las cosas de valor que habían en la oficina

La mañana del domingo, Clarisa la madre de Neptalí,  se levantó muy de madrugada, triste e intranquila, las pesadillas no la habían dejado dormir, parece que el corazón de madre le avisaba lo que estaba sucediendo con su hijo querido. Se llegaron las nueve de la mañana, hora de ir a misa y Neptalí no asomaba, esto la preocupaba mas, pues era muy cristiano y nunca había faltado a este compromiso con Dios, además, en casa lo esperaban porque debía representar a su padre en compromisos sociales contraídos, y por encontrarse de viaje en la ciudad de Sullana no había  podido llegar.

En vista de que Neptalí no llegaba, Clarisa, muy preocupada, pidió de favor a su yerno José, esposo de Victoria, que vaya a verlo, de repente estaba enfermo y no les habían avisado. Al llegar José a la “oficina” encontró a Neptalí agonizante, desfigurado, irreconocible por el mal que lo estaba matando; Inmediatamente pidió auxilio a unos transeúntes y en su misma cama lo llevaron a El Faique para curarlo, como no existía médico en la   zona tuvieron que llevarlo de emergencia a Huancabamba donde su médico de cabecera el Dr. Vidarte. Y llamaron por pantófono a Avelino para avisarle lo que estaba sucediendo.

El viaje fue penoso, duró 12 horas, la carretera recién construida era muy accidentada; Neptalí se manifestaba únicamente con exhalaciones, la fuerte hemorragia debilitaba implacablemente su cuerpo, las palpitaciones se hacían cada vez más lentas. Al llegar a Huancabamba el médico les explicó que era muy tarde para salvarlo y a los pocos minutos certificó el deceso, haciéndoles la observación que “no se trata de muerte natural”; el cadáver denotaba haber sufrido mucho y tenía el cuerpo totalmente oscuro como si se hubiera electrocutado, hasta las uñas se habían ennegrecido, estaba irreconocible, no parecía ser él, ya no era blanco y grande, era negro y escuálido, de sus ojos vivases no quedaba mas que unas ojeras profundas y su rostro cadavérico había deformado la sonrisa de amistad con que se caracterizaba ante el mundo, la vitalidad de su mocedad se había convertido en muerte, en esa muerte endemoniada que salió de las manos de su esposa.

En Huancabamba causó consternación la noticia de la muerte de Neptalí, los Padres Franciscanos con quienes les unían fuertes lazos de amistad, le ofrecieron una misa de cuerpo presente, a la cual también asistieron las autoridades que lo conocieron, los familiares y amigos compraron el ataúd y contrataron la capilla ardiente, fletaron dos camiones con gente y viajaron con el cura acompañando al féretro.

Eran las nueve de la noche del día martes y el carro con el féretro procedente de Huancabamba, asomaba por la parte alta de El Faique, tocando tristemente su claxon, avisando el desenlace ocurrido, habían comunicado que estaban de regreso pero no decían el estado en que venía, Neptalí, sin embargo, el corazón de Clarisa su abnegada madre no le podía traicionar y fue la primera que irrumpió el llanto, presumiendo el fatal desenlace contagiando a los familiares y amigos que se habían congregado en la casa

Desde esa noche el pueblo se vistió de un riguroso luto generalizado en la población. Era terrible lo que había sucedido, nadie podía creer que el joven robusto y apuesto lleno de vida que ellos conocían, haya muerto en forma tan dolorosa e inhumana.

El día miércoles muy de madrugada, llegó Avelino pagando carrera expresa y el pueblo lo recibió con llanto, aunándose a su dolor de padre, de ser ejemplar, que había educado a sus hijos para que sean hombres de bien, dignos herederos y representantes de la cultura faiqueña, que amaban a su tierra y a su gente. Todo el pueblo se había congregado ante el féretro, hasta los hacendados de Huasimal y San Antonio compartían el dolor de la irreparable pérdida de su compadre y dilecto amigo Neptalí. Por la tarde se llevó a cabo el sepelio, con sentidas muestras de dolor.

Se realizaron las exequias dentro del más estricto luto y profundo dolor, le rindieron los honores con el amor popular que se había ganado, todo el pueblo concurrió a elevar su plegaria a Dios para que lo guarde en su reino, sólo faltaba Esther quien a decir de los peones, se encontraba refugiada en el cuarto de sus padres revolcándose en la cama y llorando “disque” arrepentida por el daño ocasionado, gritando histérica, que por su culpa se va a morir Neptalí,  que  no  fue  su  intención  matarlo, y así con gritos y con llantos los cuatro días no salió de su casa hasta después del sepelio.

Desde entonces la vida cambio en El Faique, parecía que una catástrofe había sacudido al pueblo, los familiares seguían en duelo, los peones no sabían que hacer, hasta el cielo se había nublado y llorado la lluvia de todos santos, el verdor de los campos con sus flores y las aves con sus cantos, opacaron su alegría, quizá estaban allí, como cada día pero la gente por mucho tiempo, no la percibía.

Sabemos por referencia de testigos presenciales, que durante treinta días, al llegar la media la noche, para espiar su culpa, acostumbraba concurrir al cementerio a velar a su víctima, alumbrándose únicamente con un candil y sin miedo de los fantasmas que siempre aparecían asustando gente en el sector El Chivato de Huayanay, antes de la subida al cementerio; talvez porque más demonio que ella no existe en esta tierra.

Las autoridades, amigos y hasta el médico, propusieron que se denuncie el crimen cometido, pero Avelino quien debía firmar la denuncia, desistió de hacerlo porque consideraba que daría lugar a la autopsia y apertura del cuerpo de su hijo, lo cual le pareció que era muy cruel porque ni el encarcelamiento a la autora ni la reparación civil que les dieran podría devolverle la vida a su hijo amado; Dejando si  constancia que su hijo fue envenenado y pidiendo al Todopoderoso que la Justicia Divina juzgue este delito.

La sombra que había caído en la familia se agravó con la funesta decisión de Santiago, hermano de Neptalí quién estaba en tratamiento médico por una terrible enfermedad que padecía, destruyo todos sus medicamentos, porque según él, no merecía vivir, pues quien lo había llevado hasta Talara para que lo curen los médicos norteamericanos de la Internacional  Petroleum  Company, y que hasta el viernes gozaba de buena salud, “ahora y por siempre ya no estará con nosotros para cuidarnos mutuamente”.

Santiago, sin medicarse, y sin un régimen alimenticio adecuado negándose a alimentarse, no duró más de veinte días y siguió el camino emprendido por el hermano Neptalí, ahondando la tristeza en la familia y precipitando la muerte de Avelino quien, pocos meses después, agobiado por la pérdida de sus dos retoños, dejó de existir, quedando el pueblo sin su adalid y la familia Ocaña en completo abandono, pues a decir verdad ya nada fue igual.

Con el tiempo, la oficina que había dejado de funcionar se derrumbó abandonada por la falta de techo y la erosión de las lluvias, las tierras fueron vendidas y/o expropiadas por la Reforma Agraria, y los últimos rezagos familiares masculinos se alejaron de El Faique, del caserón solo queda un muro de piedra en la calle que lleva su apellido y en uno de sus extremos se ha construido el palacio municipal, el resto ha sido dividido entre ocho viviendas ubicadas entre las dos plazuelas del pueblo.

Irma Marina, la pobre niña, a sus 18 años había vivido la experiencia más ingrata que puede suceder a persona alguna, había perdido a su media naranja y como no hay fruta que partida por la mitad se mantenga pura, sentía morirse a cada instante; después de sufrir con amnesia un par de años, se dedicó exclusivamente a criar a su retoño a quien dio una bonita profesión, cuidando con mucho celo, en el arcano de su corazón hasta el día de su muerte, el amor de Neptalí que depositó en su heredero, quien  llegó a ser un gran constituyente muy amigo del patriarca de la política peruana Víctor Raúl Haya de la Torre.

Por más explicaciones contradictorias que daba Esther para justificar su crimen, no convenció a nadie, sobretodo cuando refería que el traslado de los bienes a casa de sus padres, lo hizo porque había brujeado y que con la guachuma había alcanzado a ver que Neptalí iba a morir.

Lo cierto es que la familia Ocaña anteponiendo su fe católica, porque debían realizar la exhumación del cadáver y ultrajar más el cuerpo de Neptalí, no realizó ninguna denuncia y la muerte quedó impune sin esclarecerse legalmente hasta la fecha, Subsisten si un sinnúmero de preguntas por responder, sobretodo aquella de Clarisa, la muy devota madre de Neptalí, cuando aferrada a su crucifijo reclamaba ¿Porqué Dios mío permites que suceda esto con mi hijo?!. si él no le hizo daño a nadie. ¿Porqué me desgarras el corazón sin haberte dado motivo?, o cuando exclamaba  Dios mío, dale vida a él que es quien más la necesita y llévame en su reemplazo.

La muerte de Avelino se vio precipitada también, por la denuncia que Esther interpuso pocos días después de su fechoría en complicidad con un inescrupuloso policía llamado Demetrio y despojaron injustamente a la familia Ocaña de las tierras que Avelino habían entregado a Neptalí para que las trabaje.

Como un inexplicable designio del destino Esther va a cumplir cien años estos días y San Pedro no es capaz de bajarle el dedo acusador y juzgarla por el pecado cometido, haciéndonos recordar al pasaje divino en el cual Dios marcó la frente de Caín por haber dado muerte a su hermano Abel, para que la eterna e implacable guadaña nunca posara sus manos sobre él y lo deje deambular eternamente.

Es pues ésta la gran condena para la asesina Esther, la que actualmente observa, siente y llora las consecuencias de su maldad.
Ahora queda para nuestro razonamiento las incógnitas  ¿existen las maldiciones de los curas?, ¿Puede ser posible tanto odio y tanto amor? Dejemos volar nuestra imaginación, y saquemos nuestras propias conclusiones.

San Miguel de El Faique, agosto del 2010.

NOTA DEL AUTOR.- Cualquier  parecido  con  personaje alguno de la vida real es puro coincidencia.



El único culpable de los errores, redacción, diagramación, corrección e impresión es el autor

W Próspero pueblito de extenso valle agrícola ubicado en la parte baja de El Faique, unido por un camino de herradura empedrado desde años inmemoriales por donde también frecuentaban los arrieros.

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